miércoles, 23 de septiembre de 2009

Se ha Marchado el Maestro Manuel H.

Sesenta años de fotografía.
Por: Javier Riveros.
Profesor de Lengua Castellana y Literatura.

10 de Abril de 1948:
Bogotá y en sí Colombia, se encontraba en el mayor punto de una convulsión violenta. La palabra Bogotazo retumbaba en las agencias internacionales de noticias, los telégrafos no paraban de titilar con la noticia del grito “Mataron A Gaitán” y la historia de una chusma enardecida entraba a las páginas de libros que desconocían por completo la ciudad yerma que era vigilada por una iglesia en su oriente, esto gracias al ataque que semejara al que otrora un pueblo burgués le hiciera a una monarquía finisecular, la diferencia es que acá la ciudad arquitectónicamente cambió por completo ahora yacía derruida.

Los escombros de casas humeantes a lado y lado de la carrera séptima, el barro fragmentado del adobe, el aroma a leña quemada que se combinaba con un fétido aroma mortuorio, las arengas gráficas en las paredes circundantes a la casa de gobierno no dejaban de pulular y el dictamen de toque de queda se empezaba a levantar lentamente a lo largo y ancho el territorio.
Por las calles bogotanas, mientras muchos hombres caminaban con carabinas robadas, hachas y machetes, deambulaba un desgarbado muchacho, de veintiocho años de edad con una cámara de 12 fotos bajo el brazo y un olfato agudo para buscar el lugar específico donde se producía la fotografía. Se había salvado el día anterior que lo lincharan por su fama de fotógrafo taurino; la turba, que destrozaba los negocios godos, que puteaba a las mujeres de los godos y mataba a todo aquel que tuviera aunque fuera una corbata azul a machetazos o palazos, por la sospecha de ser godo, pensó en atacar al desgarbado que les tomaba fotografías y trataba de congelar un instante para la memoria.

Manuel H Rodríguez era el desgarbado de la cámara, él recuerda cómo esa turba lo persiguió y al tratar de arrebatarle la cámara de las manos, le rompió la cinta de tela que se la sujetaba al cuello. Él mismo cuenta qué una voz de ángel gritó a lo lejos “déjenlo ese es Manuel H, el fotógrafo taurino”. Al unísono como si emanaran palabras las manos que lo sujetaban, lo soltaron.

Esa fama de fotógrafo taurino ya se la había ganado años atrás cuando presa de su afición a la fiesta brava se ubicaba fuera de las plazas de toros de madera. Algún día le permitieron tomar fotos desde la arena y no tras las tablas, como pasó durante mucho tiempo en la plaza de toros del barrio Las Nieves. Son abundantes las fotos taurinas que tiene de aquella época, pero fue precisamente una foto que tomó en esa arena la que lo llevó a ser rescatado por el “ángel”.

Fue la foto que le tomara a Manolete mientras levantaba el capote por encima de un toro cachicorono.

Foto, que con el tiempo se hizo famosa en diarios de América y España, - mucho más, eso sí, cuando Manolete murió en una mala corrida - . Pero la foto aún intacta mostrando la cara fría y calculadora del matador blandiendo el capote en lo alto, habla, habló y hablará de la magnanimidad de Manolete, ese que un día viniera al barrio Las Nieves, con el único fin de que lo inmortalizarán.

Volviendo a Bogotá, esa del 10 de Abril de 1948, la del humo y los destrozos y la del desgarbado Manuel H, empezaba a volver a una tensa calma, ahora, era por él recorrida en su periferia, en busca del cementerio central, - que hoy no es muy lejos de lo que actualmente es su estudio y museo -, en busca de algunas fotos. Manuel H como en un campo de concentración nazi hacía esfuerzos para no maltratar los cadáveres casi mutilados y fallecidos por golpes que les diera la chusma y que abundaban en el barrio de los acostados por montañas nauseabundas sobrevoladas por moscas, él tomaba una que otra foto para su colección personal, pues su trabajo de tipógrafo y una no relación con casas editoriales no le permitirían publicar lo que sus ojos palpaban.

Caminando entre los muertos como en una historia dantesca u odiseíca se encuentra con un cuerpo maltrecho, completamente desnudo, una corbata anudada al cuello, una cicatriz que unía la horizontalidad de sus parpados y un rostro irreconocible ya sin rasgos, como si con papel de lija lo hubiesen tratado de borrar de la historia.

Manuel H mismo cuenta que, apresuradamente llama a un par de médicos forenses que estaban en el cementerio y tras un rápido cotejo de huellas dactilares se descubre que el cuerpo en mención es el del asesino del líder Liberal.


El cuerpo es observado por los forenses y al levantarlo del churumbel de pelo por el que fue arrastrado por la vía del tranvía, es el momento preciso para que Manuel H, le tomara la fotografía (fotografía que por fortuna es a blanco y negro, y es la) que mejor refleja el rostro, foto que gira por el mundo como el asesino y la que inicia a Manuel H, en lo que él mismo llamaría como el reportaje grafico.

En ese mismo lugar, luego de soltar el obturador y correr el negativo de la foto ya tomada, es el preciso para conocer a Felipe González Toledo, que a partir de ese momento se hace su llave en el oficio del periodismo que empezaba para el desgarbado. Las publicaciones en el Tiempo y en el Espectador no dejaban esperar, también los pases irrestrictos a los eventos más importantes, pases de lujo con la leyenda de prensa, y que hoy reposan como una manotada de corbatas en desuso.

1948-2008
Presidentes, dignatarios - que en este país son pocos y a los pocos que hay, nadie los conoce -, deportistas, reinas, periodistas, escritores, artistas, cantantes, gente importante y otros que son más importantes han pasado por el lente de Manuel H, las viejas cámaras de 12 fotos y aquellas que necesitaban de un bombillo para cada imagen junto a una cámara rosada con un calcomanía de la Barbie, una Canon, entre otras, se han jubilado ya, hoy hacen parte del museo que se erige en su estudio ubicado a cinco casas al sur del Teatro Jorge Eliecer Gaitán. El mismo Manuel H se refiere al tema: “Estamos en la etapa de la cámara digital, la que toma más de 50 fotos, que es automática, que permite edición y tiene zoom”, esto último un fracaso absoluto porque ahora se toman las fotos desde distancias abrumadoras y el impacto que sólo da la vivencia del momento se pierde.

En su museo comparten las paredes: Galán, Gottardi, D´Stefano, Roa Sierra, Manolete, Pacheco y Cantinflas de toreros, John F Kennedy, Franklin D Roosevelt, Mameca, Lleras Camargo, Mutis, Ingrid recién casada, Yolanda Pulecio de Reina y hasta el maestro Omar Rayo que casi nadie identifica porque su rostro es el de un desconocido y está en las paredes del recinto. El incalculable archivo fotográfico de Manuel H, tiene una historia para cada elemento, cada historia daría para escribir una novela, cada foto le asegura a Manuel H que fue un acierto el haber cambiado su profesión de tipógrafo por la de fotógrafo y aun sin estudio alguno de la percepción de la imagen o la teoría del color, sabe cuales fotos son las que más le gustan, como la de la inundación del rio San Francisco, que muestra al viejo y mítico café Automático como un observador de la Venecia que pareció la ciudad por una crecida o la de la Rebeca que refleja las torres de Salmona y se ve igual derecha o invertida.

Manuel H, es ahora un veterano de mil batallas, con ochenta y ocho años de edad, un cabello rizado y completamente blanco, la memoria de un elefante que no olvida anécdotas, nombres o edificios, la sonrisa cándida que da una buena vida en la ancianidad, un oído izquierdo cansado de escuchar el obturador, una mano derecha que vuela para agitar el papel fotográfico entre el ácido revelador, él es un topo en lo alto y estrecho de su zarzo nunca olvida donde está el negativo que necesita. Él, no se olvida que en ese viejo edificio del centro donde, un crítico literario se vería en calzas prietas para definir el tiempo, él es la Medusa, él ha congelado el tiempo y el tiempo lo ha congelado a él.

Javier Riveros.
Abril 2008.

jueves, 7 de junio de 2007






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SOBRAN LAS PALABRAS
Por traidora decidí hoy,
martes 24 de junio,
asesinar algunas palabras.
Amistad queda condenada
a la hoguera, por hereje;
la horca conviene a Amor por ilegible;
no estaría mal el garrote vil,
por apóstata, para Solidaridad;
la guillotina como el rayo,
debe fulminar a Fraternidad;
Libertad morirálentamente y con dolor;
la tortura es su destino;
Igualdad merece la horcapor ser prostituta
del peor burdel;
Esperanza ha muerto ya;
Fe padecerá la cámara de gas;
el suplicio de Tántalo, por inhumana,
se lo dejo a la palabra Dios.

Fusilaré sin piedad a Civilización
por su barbarie;
cicuta beberá Felicidad.
Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta el final.

MARIA MERCEDES CARRANZA

UNA MIRADA EN BOGOTÁ.


Una mirada en Bogotá.

“la vida es y será una porquería, ya lo sé, en el…“ Siempre parece ser una porquería y siempre la misma, la vida de los bogotanos de los años cincuenta, de aquella Atenas suramericana que jamás conocí no ha cambiando mucho en relación a la que hoy en aras del siglo XXI se erige a 2600 mts sobre el nivel del mar.

La navidad bogotana del chocolate caliente y la natilla con dulce de mora aún se perpetua en los altos edificios de chapinero donde las antiguas familias chapines cambiaron sus aposentos rurales para esconderse en los edificios que se enmarañan en la muestra de los andes que hace fácil a los bogotanos ubicarse al salir de algún museo o al buscar alguna dirección. Sin embargo que hermoso debió haber sido el vivir en la Bogotá de saco de leva, gabán de de casimir y sombrero de fieltro en el caso de los hombres, mientras que las mujeres vestían con las ultimas modas que hacían los modistos en el pasaje Hernández con telas finísimas que los Turcos traían a la calle 11, y, que del lugar de su importación no era nada más que los saldos de telas ya extintas de vida social.

Un vestido para cada fiesta patria o religiosa, era la bonanza para modistos y vendedores de paños, niños y adultos vestían acartonadamente en la Bogotá que crecía taimadamente bajo la niebla que parecía ser importada del centro de Londres. Navidad y año nuevo, la visita de los reyes magos, la natividad, la novena eran los momentos predilectos para que se mostraran los últimos ajuares en el centro de la capital mientras se apresuraba el paso para llegar cumplidamente para hablar de lo recaspita que solía ser el gobierno godo y compartir del buñuelo y la natilla antes de persignarse y conmemorar el nacimiento del pequeño redentor.

Sin embargo con la niebla importada de Londres, el estilo jónico de la arquitectura gubernamental, al que seguramente le debemos el apelativo de Atenas y la moda arcaica que revistas de más de 20 años hacían de Bogotá “la gran ciudad” y nos ponía en la vanguardia de las sociedades más prestantes del mundo, cuando en realidad andábamos a la retaguardia, navidades con reyes magos que fueron lentamente sustituidos por papas Noel y el primario oro, mirra e incienso, se cambio por la explotación que el anciano le hace a unos pobres duendes, todos presos y vestidos de verde que trabajan día y noche para que el viejo en una noche, entre en cada chimenea a dejar el regalo sugerido por cualquier infante y empezando una política mundial de servicio, “el cliente tiene la razón”, a otros tantos nos toco conformarnos con lo que a los tres reyes magos nos diera por caridad, cuando no fue el niño festejado el que nos dio un presente cuando nosotros se lo debimos dar por antonomasia.

Entonces la Atenas Suramericana en lugar de parecer una polis ideal, seguía pareciendo un pueblo con legado español, de plazas rectangulares en el centro de la ciudad donde el poder de Dios y del hombre se enaltece en medio con la estatua de un prócer que por obligación ha de morir para serlo y con la presencia de las palomas de la libertad que para sobrevivir deben comer del suelo, el poco arroz que la gente les lanza para la foto.

Hoy día, las palomas, símbolo de la libertad siguen comiendo del suelo y bebiendo de los charcos que circundan la plaza, estamos en busca de la paz y ni siquiera su mejor representante tiene el alimento asegurado, ni su vida, si es que recordamos que uno de los terratenientes de Dios coloco estacas en la iglesia para que las palomas no se posasen y se cagasen en la casa de Dios, el mensaje era claro, - en tu poder me cago, - y este infeliz asesino victorioso de matar a la libertad salio sin pena ni gloria de la catedral, cuando hubiese sido equitativo verlo o en la hoguera o en la jaula, por hereje.

Hoy en día Bogotá sigue siendo un pueblo y la plaza de Bolívar evoca cualquier pueblo colombiano en fiesta, en diciembre hay un castillo al mejor estilo de Las Mil y Una Noches, mientras un soldado romano con pechera de las cruzadas es seguido de dos mujeres beduinas que venden su imagen para petrificarla al mejor modo de Medusa, mientas papas Noel de todos los tamaños hacen igualmente ofertas fotográficas junto a los castillos de papel y en el fondo el castillo del poder, a otro costado un hombre dignamente uniformado vende helados a 2600 mts sobre el nivel del mar a las 8 de la noche y los vendedores de algodones han encontrado la formula para que su producto no sea únicamente rosado, ahora lo hacen también azul y lila, pero ya no trae la imagen del pato Donald, que en la infancia me hacia sentir en Disneylandia.

En otro costado de la plaza un hombre lleva un cartel que no para de gritar ¡se regalan abrazos!, casi corro hacía este hombre pero me acuerdo que estoy con alguien y prefiero que se está persona sea la que me abrace, junto a mí, una familia completa le canta el “happy birthday” a una pequeña que al soplar una vela con el numero 5, cierra los ojos para pedir un deseo.

Bogotá sigue siendo un pueblo y en este diciembre solo falta la escopeta de dardos y una llama para que los niños se tomen las fotos, pero los faroles que acompañaron a silva por las calles de la Candelaria hoy son imitados con cadenas de bombillos que imitan su figura, la puerta falsa hoy recibe más clientela que en sus años mozos y la catedral primada le da la bienvenida a centenares de personas que no vienen al velorio de algún personaje publico, pero en este mar de personas no se inmutan un tanto por el frío capitalino, mientras busco a uno de los tres reyes magos exiliados, que hace parte del falso pesebre que se muestra tras bolívar y al unísono la voz de un policía me dice que no puedo seguir posado en el edificio que no pudo cuidar cuando el M-19 se entro a quemar la memoria de la que el hombre se ufana, la historia.